De la Soledad y algo mas que decir...
En el hábito en que se ha convertido la hoja en blanco y el ejercicio del autor, como vehículo para exteriorizar los pensamientos, me he dado cuenta que únicamente puedo escribir cuando estoy sola. Lo que me llevó a reflexionar sobre un término que nos espanta: SOLEDAD. Que significa según el diccionario la carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
Siempre hemos oído que los humanos por naturaleza somos seres sociales pero lo cierto es que en los actos más significativos relacionados a nuestra existencia estamos esencialmente solos, nacemos y morimos solos. Hemos construido un modelo de vida en sociedad con el propósito casi exclusivo de evitar sentirnos así, pues convencionalmente se tiene una idea de que la felicidad, el ideal de la vida, y la soledad son antónimos.
No somos conscientes de que la realidad es que podemos traducir la palabra sociedad como millones de seres viviendo juntos en soledad. Y la mejor prueba de ello es el carnet de identidad, un documento que nos refleja tal como somos: un nombre, un número de identificación, una fecha de nacimiento y una mala fotografía en la que no nos acompaña nadie. Es la verdad más absoluta, la que llevamos arrastras, la que nos acompaña siempre y ocultamos con afán en la billetera, por temor de plantar cara, de aceptar que somos soledad.
Tenemos miedo de esta premisa porque la soledad es un terreno donde encontramos silencio, un lugar donde no puedo refugiarme de mi, el reino de la conciencia en el que se convierte en un deber enfrentarte contigo mismo lidiando con tus mejores y peores versiones.
Homo sapiens aterrados, huyendo a zancadas del espejo, de nuestro propio reflejo pues no queremos vernos cara a cara y sentarnos a reconocer nuestros errores, dificultades, ni debilidades, ni siquiera nuestras capacidades, aciertos o bondades. Escapar es un instinto aún cuando la soledad se nos presenta como una experiencia vital e ineludible pues viene unida a la propia existencia, sólo tu estas contigo todo el día, sólo tu convives contigo siempre a cada hora, a cada minuto, lo que debería ser indicativo primordial del mayor aprendizaje de la historia del hombre: la vida es aprender a vivir en soledad. El mayor reto se traslada entonces a encontrar la manera de hacerse feliz a uno mismo.
La ardua tarea en la que se ha convertido el evadir la casa vacía, las horas sin compañía, el silencio ensordecedor, en esa máxima expresión de soledad que significa la noche, ese momento del día en el que a los pensamiento les da por hacer una revolución, ese momento en que la habitación resulta parecer una especie de jaula. La solución colectiva, inmediata y probablemente aprendida es intentar llenar el otro lado de la cama, ese espacio que se nos hace tan inmenso sin importar lo pequeño que sea.
La respuesta ante la soledad es la compañía, somos nosotros, tratando en un constante esfuerzo de convertirnos en plural, de dejar de ser en nuestra individualidad para compartirnos con otra persona que probablemente está en la misma búsqueda, puesto que cuando somos más conscientes de nuestra propia soledad es cuando más se convierte en una necesidad el contacto efímero con otro cuerpo en ese campo de batalla que es el colchón.
Buscamos sin descanso a esa persona, cuando creemos que la hemos encontrado la invitamos a poblar la casa, el armario, el baño, el comedor, la cocina y el silencio, luego en muchos casos, el tiempo se encarga que de pronto su compañía ya no se sienta como una necesidad sino como una invasión. He aquí la ironía: “quiero estar sólo con alguien más que también quiera estar solo”. Hemos hecho del amor uno de los pilares fundamentales de la humanidad, pero ¿es el amor entonces una invención nuestra cuyo propósito es evitar la soledad o es algo más?...
No estamos diseñados para enfrentarnos a la soledad desde otro enfoque, pero la visión de esta no debería tener siempre una connotación negativa, recorrer solo el camino puede significar una oportunidad, un lugar en el que cada uno de nosotros se reinventa hasta dar con lo mejor de si mismo, en el que luchemos por generar una mejor versión de nosotros, con el enfoque puesto en ofrecerle al resto del mundo algo más.
“Necesitamos a alguien que no se vaya nunca”, no sería en absoluto algo irracional pensar que ese alguien ideal podría ser nuestro reflejo, que si cambiamos nuestra manera de relacionarnos con la soledad, y aprendemos que nosotros somos nuestra propia felicidad y ella depende completa y únicamente de nosotros, pueda resultar que la respuesta que tanto hemos estado buscando la hemos tenido siempre. La soledad no es casual, es la que nos muestra el encanto que tiene gozar de la mejor compañía, la nuestra. En consecuencia si usamos la soledad como herramienta para cultivar la costumbre de hacernos felices a nosotros mismos, seguramente terminaremos por hacer más feliz al mundo.
Siempre queda algo que decir...
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